THE LIFE AS A MCGUFFIN

A Marion Crane, y a todos los McGuffins del mundo.
Dice Ernesto Diezmartínez, en su Pequeño Glosario de Pedantería Cinéfila, que un McGuffin es ese elemento básico e indispensable para que una historia avance y los personajes de una película justifiquen sus acciones, muy a pesar de que dicho elemento, más allá de ser el catalizador de otra cosa, no tenga la más mínima importancia.
Es decir, que nos enfrentamos al fósforo que enciende la mecha que desencadena un desastre, por encima de que, sobre dicho fósforo, nadie vuelva a saber nada nunca jamás.
Un McGuffin, por lo tanto, es como esa colilla de cigarro que provoca el estallido de una ciudad entera; o como la maleta de Marion Crane (o la misma Marion Crane) que, aun siendo la responsable de que Psicosis exista, no pasa de ser la víctima necesaria para resolver un misterio mayor.
La vida de un McGuffin, entonces, no es diferente a la de una herramienta. Marion Crane no pasó, ni pasará, a ser más útil que un martillo o una llave de tuercas.
Es triste la vida de un McGuffin. Utilitaria.
Lo más triste es que no sólo en las películas existen los McGuffins.
Es triste por cuestiones de justicia.
Hay personas que ese papel juegan en nuestras vidas. Son catalizadores, motores de arranque, taladros, martillos... y por más importante que sea el papel que jueguen, no pasarán de eso... un triste, sucio y apestoso McGuffin.
Es triste, como ya dije, por cuestiones de justicia, de practicidad.
Sin ellos la trama no avanza; pero llega el momento, siempre, en que indiscutiblemente han de desaparecer, a riesgo de convertirse en una carga innecesaria, que no permita el correcto desarrollo de la película.
Es triste... pero necesario.


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