diciembre 09, 2006

SONRISA DE GATO


Atendamos a definiciones.

La novela negra es, como la definió Raymond Chandler en su libro El simple arte de matar, la novela del mundo profesional del crimen. Debe su nombre a dos factores: a que originalmente fue publicada en la revista Black Mask de Estados Unidos y en la colección Série Noire francesa, así como a los ambientes “oscuros” que logra. El término se asocia a un tipo de novela policíaca en la que la resolución del misterio no es el objetivo principal; es habitualmente bastante violenta y las divisiones entre el bien y el mal están bastante difuminadas; además, la galería de personajes que desfilan en sus páginas nace del arquetipo del individuo derrotado, en decadencia, que busca encontrar la verdad o algún atisbo de verdad.

Dejando atrás los antecedentes meramente detectivescos del género, adivinados ya en Los crímenes de la calle Morgue de Edgar Allan Poe o en el Sherlock Holmes de Conan Doyle, la novela negra como tal nace en los Estados Unidos de las primeras décadas del siglo XX, con la Ley Seca, el crack del 29, la crisis comunista y su consabida persecución roja como trasfondo sociológico: el divertimento burgués, la forma de refinado pasatiempo y el aparente desenfado con que los escritores de aquellos años permeaban el panorama literario estadounidense, cedieron el paso a temáticas sobre gangsters, crimen político, canibalismo económico, ambición, poder, gloria y dinero, factores todos que pervierten el supuesto sendero del bien por el que habremos de circular todos los seres humanos, según cuenta el cliché. Claro que nada es gratuito, y semejante lista de placeres culposos no se deben sino a la rabia, el coraje y la fuerza de una voz narrativa dispuesta a denunciar los males que aquejan a su sociedad, en representación directa de sus habitantes y como responsabilidad inherente a su oficio.

En términos estéticos, al igual que en cuestiones de fondo, la novela negra clásica adopta una postura austera, reseca, de estilo antiretórico y de ritmo rápido, cargados sus diálogos de un realista argot policial y criminal; desarrolla ambientes y personajes propios de una cultura urbana, en donde buenos y malos se confunden hasta fundirse en uno sólo.

Tales son, a forma de resumen, los principales postulados que forman la base de la estructura de la novela negra, en sus orígenes tanto espaciales como temporales.

Pasado el aburrido breviario cultural, continuamos con lo que nos atañe: la presentación de Sonrisa de Gato, el primer y más reciente trabajo literario del autonombrado “chilango renegado” Jorge Moch, periodista, caricaturista y escritor, que, dicho sea de paso, no ha venido aquí a presentar ninguna novela negra, o mejor que lo decida cada quién al final de esta breve charla o al final de la página 376.

Sonrisa de gato narra, en dos líneas diferentes que terminan por encontrarse, las historias de Félix María Cabral, alias “El gato”, y su sobrino Marcial, ambos seres alienados, ambos outsiders en contra de su voluntad, o al menos así en un principio.

Como fábula, el punto de partida es el encuentro de dichos personajes: Félix, primero hijo de familia adinerada, formado en la hipócrita élite industrial a la que posteriormente tendría que rendir tributo, decide escapar, motivado por aquella distante y prometedora juventud, a la lejanía de la sierra de Chihuahua, al pueblo del que ya no regresaría por lo menos en esencia, al Monasterio aquel que lo vería dormir a él y a sus fantasías con la Juanita, especie de ninfa de la nieve y las ventiscas; lugar aquel en que se gestarían si no sus primeros rencores, sí los primeros detonantes; lugar del que habría de huir para siempre regresar en sueños, en divagaciones provocadas por la espera, en la vigilia forzada de un cuarto de hotel y la mano bajo la almohada, sostenida por la culata la inminente fiereza del revólver.

Ahora Félix es el jefe de una temida banda de mercenarios, dedicada a perpetrar los más violentos asaltos, consecuencias aparte, a fin de obtener jugosos botines destinados, eso sí, a la causa guerrillera, de contrainteligencia mexicana, encargada de propinar severos puntapiés a las espinillas de las instituciones nacionales, gancho al hígado a los organismos de represión ciudadana como el ejército, y directo a la nariz del propio capitalismo industrial.

Esto es, pues, repartir violencia con todas las de la ley, justificar el acto delictivo enarbolando la bandera de la causa o, como se vería más adelante, de la hipocresía; y es que los principios primeros, el motor original del que parte el movimiento de la célula de terroristas, termina por deteriorar, hincada la zapatilla del poder sobre el ojo de la resistencia, vejada su alma ética, como la llama Jorge Moch, por la delicia de satisfacer los intereses personales.

Por otro lado está Marcial, hijo del acaudalado funcionario público Guillermo Farías, éste último reciente prófugo de la justicia a causa de la senda de corrupción que ha venido trazando tras de sí, senda por la cual han transitado desde siempre su esposa e hijos y que los conducirá, una vez que su padre y marido huya de la escena junto con su amante, al salón de las humillaciones y la mirada pública, lugar del que cada uno de ellos habrá de salir como mejor le sea posible.

Refugiadas su madre y sus hermanas con una tía, Marcial decide pasar unos días en casa de su mejor amigo, el Bola, después de lo cual regresa con su madre sólo para volver a escapar, esta vez, sin sospechar todo lo que vendría por delante, a casa de su tío Félix, el Gato.

Es este punto de convergencia, el momento en que dos generaciones igual de enrabiadas se unen para soldar sus destinos, para disparar juntas el revólver del resentimiento, el que da origen a la pregunta fundamental del libro: ¿en qué momento, en qué lugar hemos decidido que lo que hacemos está bien o mal, y que no solamente somos víctimas de aquello que algunos llaman destino y otros indiferencia, que de verdad cabalgamos nosotros esas riendas y no vamos por el mundo sintiendo al cuello la soga de lo indescifrable? ¿Por qué cosas debemos sentir culpa y por cuáles no?

Sonrisa de Gato nos deja, como toda novela que se precie de valor, más preguntas que respuestas.

Terminado el relato, cerrada la cuestión inmediata de las consecuencias del asalto a un camión de valores, finalizado el aspecto pragmático de la narración, lo que continúa, lo que da verdadera fuerza a la novela, es el aspecto emocional y psíquico de sus personajes: una vez transpuesto el aspecto plástico, la forma inmediata que permite hacer inteligible cualquier historia; una vez que hemos superado el aspecto argumental y nos adentramos en el alma de la novela, ese aspecto metafísico que tan caro resulta al lenguaje superar, encontramos la esencia de la propuesta: detrás de los actos, detrás de la cultura del hampa reflejada en cada página, detrás de la violencia que termina en carnicería de hotel, siempre hay seres humanos y, por lo tanto, siempre hay causas y siempre hay motivos.

Y para el que piense que ya he revelado demasiada información sobre la novela, le aviso que no hay nada menos cierto, pues, precisamente, esa virtud de la que hablo, ese gran acierto de Moch, es que la novela en sí es un punto de partida.

Tal vez por eso el fragmentado estilo de narrar, la consabida influencia cinematográfica del montaje en la literatura, el arte de robar a la linealidad su base conceptual para depositarla en otra parte, en la construcción de otros destinos y otros sujetos. Tal vez por eso es que percibimos a los personajes, más que como actores en acción, como espíritus en reflexión, más como torbellino interno que como ráfaga de balas, aunque estas abunden a lo largo de la historia.

Sacerdotes en ardiente pecado carnal, amas de casa orilladas a la más descarada de las extorsiones, agentes judiciales no encargados precisamente de verificar el cumplimiento de la ley, exmilitares formando parte de guerrillas, asaltantes malencarados pero amables cuando se requiere, políticos corruptos pero con responsabilidad de padre de familia, caciques de la sierra, mujeres regalando su amor a despiadados mercenarios, fantasmas… todos ellos desfile de curiosidades en Sonrisa de Gato, curiosidad que surge no del mote extravagante, sino de la intensa dualidad, el fragoroso instante en que se discierne frente al crucero de oportunidades.

Ahora, llegados a este punto, cabe regresar a una pregunta ya formulada: ¿es o no es Sonrisa de Gato una novela negra?

La propuesta de su presentador es que sí, en efecto, Sonrisa de Gato posee elementos propios de la novela negra, aunque no llega a emularla por completo.

En su paralelo encuentra el elemento de reacción, la denuncia de una carencia o exceso vivido al interior de una sociedad, personificado esta vez por aquel conocido de siempre, el muy cercano para nosotros: político corrupto.

Dice Jorge Moch, en entrevista para Milenio, que “la atmósfera de descomposición social en la que vivimos ha permitido el resurgimiento de este género (el negro)…”.

Dicho clima descompuesto, avivado el fuego con escándalos y demás noticias de tan políticas casi ya de nota roja, alimenta el fuego de nuestros escritores hasta llevarlos a los senderos de la dramatización sin concesiones, el realismo extremo y su franco desembocamiento en lo que en México se conoce como literatura del “ampa”, por asignarle un nombre de acuerdo a la región.

Mientras que en Estados Unidos la novela criminal, del ampa, negra o como quiera llamársele, fincaba sus bases en la lucha por el poder, el dinero y las mujeres sin más ni más, en Latinoamérica, en México en esta ocasión, la estructura no parte de algo tan simple, sino de la relación que resulta de ese abuso de poder y los más desprotegidos, las víctimas.

En ese punto se ubica Sonrisa de Gato y si menciono que, en mi opinión, no es al cien por ciento una novela negra, es porque me parece que se ubica, no sin tropiezos, un paso adelante, más allá del móvil argumental para tornarse trascendente.

Finalmente, es importante mencionar el papel que todo escritor debe desempeñar al interior de una sociedad, principalmente como vigía, retratista y reportero de su tiempo y espacio, denunciando desde las injusticias cometidas a su pueblo, hasta la falta de imaginación en el mismo. Se pueden mencionar cientos de problemas que merecen denunciarse: corrupción, abusos, crimen, muertes por violencia… inclusive la literatura, un problema como cualquier otro que engendra gran cantidad de vagos y revoltosos en todos los rincones del país.



1 comentario:

Anónimo dijo...

Yo me topé Sonrisa de Gato hace tres horas, encima de todo -como los mejores libros- atraído solo por el nombre la compré sin chistar y ya estoy imaginándome dentro de ella, es muy buena

 
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