diciembre 12, 2006

DE TARDES PERDIDAS Y UNIVERSOS INTERIORES


Para el Sr. Roberto Chávez, que tanto blasfemó aquellos tristes días.
En Noviembre de este año llegó a los Mochis la 5ª (y tal vez la última) Feria del libro Los Mochis 2006, y, aunque ya hace rato de aquello, más que reseñar los eventos ocurridos en esas fechas vamos a relatar un pequeño detalle desconocido para el público.
Al Sr. Roberto Chávez, artista de pincel veloz especializado en expresionismo y joven fumador soltero empobrecido, le fue encomendada, como parte de su trabajo en el área de difusión de la feria del libro, la tarea de realizar un spot televisivo para la promoción del evento.
Paso seguido, el Pollo, como es mejor conocido el señor Chávez, se dirige a este que escribe para proponer la realización del spot como un trabajo en equipo entre los dos. Claro, acepté.
La realización del guión se llevó a cabo sin mayores complicaciones.
El problema, y la pesadilla del Pollo, comenzaron con el proceso de grabación. Una vez que conseguimos la cámara de la Universidad para grabar el trabajo, las complicaciones vinieron del lado de los actores. La idea inicial era filmar todo el mismo día y, si al principio teníamos una semana libre para trabajar, los días pasaron y llegó el momento en que sólo nos quedaba una noche, otro día y otra noche. Roberto Chávez berreó, fumó, maldijo e insultó.
La presión que, nos imaginamos todos los que fuimos testigos de su berrinche, caía sobre sus hombros lo hizo mandarnos a todos al carajo y a retirarnos la palabra durante algunas afeminadas horas. Hubo que devolver la cámara a la universidad y el Pollo se volvió intratable.
Por suerte, todos los que lo tratamos conocemos el método para calmarlo: regalarle un cigarro.
Por fin, después de un día intenso consiguiendo utilería y actores (o lo más parecido), el spot fue grabado en Hi8 y editado toda una noche.
Por la mañana, Roberto fumaba de gusto y yo confirmo que es un excelente productor.
De cualquier forma, el spot fue rechazado por ser considerado violento por los organizadores y ahí quedó toda esa semana de trabajo (porque el trabajo frustrado también es trabajo).
Aquellas fueron tardes perdidas y, por desgracia, soy de los que considera que es mejor tarde que nunca...


diciembre 09, 2006

SONRISA DE GATO


Atendamos a definiciones.

La novela negra es, como la definió Raymond Chandler en su libro El simple arte de matar, la novela del mundo profesional del crimen. Debe su nombre a dos factores: a que originalmente fue publicada en la revista Black Mask de Estados Unidos y en la colección Série Noire francesa, así como a los ambientes “oscuros” que logra. El término se asocia a un tipo de novela policíaca en la que la resolución del misterio no es el objetivo principal; es habitualmente bastante violenta y las divisiones entre el bien y el mal están bastante difuminadas; además, la galería de personajes que desfilan en sus páginas nace del arquetipo del individuo derrotado, en decadencia, que busca encontrar la verdad o algún atisbo de verdad.

Dejando atrás los antecedentes meramente detectivescos del género, adivinados ya en Los crímenes de la calle Morgue de Edgar Allan Poe o en el Sherlock Holmes de Conan Doyle, la novela negra como tal nace en los Estados Unidos de las primeras décadas del siglo XX, con la Ley Seca, el crack del 29, la crisis comunista y su consabida persecución roja como trasfondo sociológico: el divertimento burgués, la forma de refinado pasatiempo y el aparente desenfado con que los escritores de aquellos años permeaban el panorama literario estadounidense, cedieron el paso a temáticas sobre gangsters, crimen político, canibalismo económico, ambición, poder, gloria y dinero, factores todos que pervierten el supuesto sendero del bien por el que habremos de circular todos los seres humanos, según cuenta el cliché. Claro que nada es gratuito, y semejante lista de placeres culposos no se deben sino a la rabia, el coraje y la fuerza de una voz narrativa dispuesta a denunciar los males que aquejan a su sociedad, en representación directa de sus habitantes y como responsabilidad inherente a su oficio.

En términos estéticos, al igual que en cuestiones de fondo, la novela negra clásica adopta una postura austera, reseca, de estilo antiretórico y de ritmo rápido, cargados sus diálogos de un realista argot policial y criminal; desarrolla ambientes y personajes propios de una cultura urbana, en donde buenos y malos se confunden hasta fundirse en uno sólo.

Tales son, a forma de resumen, los principales postulados que forman la base de la estructura de la novela negra, en sus orígenes tanto espaciales como temporales.

Pasado el aburrido breviario cultural, continuamos con lo que nos atañe: la presentación de Sonrisa de Gato, el primer y más reciente trabajo literario del autonombrado “chilango renegado” Jorge Moch, periodista, caricaturista y escritor, que, dicho sea de paso, no ha venido aquí a presentar ninguna novela negra, o mejor que lo decida cada quién al final de esta breve charla o al final de la página 376.

Sonrisa de gato narra, en dos líneas diferentes que terminan por encontrarse, las historias de Félix María Cabral, alias “El gato”, y su sobrino Marcial, ambos seres alienados, ambos outsiders en contra de su voluntad, o al menos así en un principio.

Como fábula, el punto de partida es el encuentro de dichos personajes: Félix, primero hijo de familia adinerada, formado en la hipócrita élite industrial a la que posteriormente tendría que rendir tributo, decide escapar, motivado por aquella distante y prometedora juventud, a la lejanía de la sierra de Chihuahua, al pueblo del que ya no regresaría por lo menos en esencia, al Monasterio aquel que lo vería dormir a él y a sus fantasías con la Juanita, especie de ninfa de la nieve y las ventiscas; lugar aquel en que se gestarían si no sus primeros rencores, sí los primeros detonantes; lugar del que habría de huir para siempre regresar en sueños, en divagaciones provocadas por la espera, en la vigilia forzada de un cuarto de hotel y la mano bajo la almohada, sostenida por la culata la inminente fiereza del revólver.

Ahora Félix es el jefe de una temida banda de mercenarios, dedicada a perpetrar los más violentos asaltos, consecuencias aparte, a fin de obtener jugosos botines destinados, eso sí, a la causa guerrillera, de contrainteligencia mexicana, encargada de propinar severos puntapiés a las espinillas de las instituciones nacionales, gancho al hígado a los organismos de represión ciudadana como el ejército, y directo a la nariz del propio capitalismo industrial.

Esto es, pues, repartir violencia con todas las de la ley, justificar el acto delictivo enarbolando la bandera de la causa o, como se vería más adelante, de la hipocresía; y es que los principios primeros, el motor original del que parte el movimiento de la célula de terroristas, termina por deteriorar, hincada la zapatilla del poder sobre el ojo de la resistencia, vejada su alma ética, como la llama Jorge Moch, por la delicia de satisfacer los intereses personales.

Por otro lado está Marcial, hijo del acaudalado funcionario público Guillermo Farías, éste último reciente prófugo de la justicia a causa de la senda de corrupción que ha venido trazando tras de sí, senda por la cual han transitado desde siempre su esposa e hijos y que los conducirá, una vez que su padre y marido huya de la escena junto con su amante, al salón de las humillaciones y la mirada pública, lugar del que cada uno de ellos habrá de salir como mejor le sea posible.

Refugiadas su madre y sus hermanas con una tía, Marcial decide pasar unos días en casa de su mejor amigo, el Bola, después de lo cual regresa con su madre sólo para volver a escapar, esta vez, sin sospechar todo lo que vendría por delante, a casa de su tío Félix, el Gato.

Es este punto de convergencia, el momento en que dos generaciones igual de enrabiadas se unen para soldar sus destinos, para disparar juntas el revólver del resentimiento, el que da origen a la pregunta fundamental del libro: ¿en qué momento, en qué lugar hemos decidido que lo que hacemos está bien o mal, y que no solamente somos víctimas de aquello que algunos llaman destino y otros indiferencia, que de verdad cabalgamos nosotros esas riendas y no vamos por el mundo sintiendo al cuello la soga de lo indescifrable? ¿Por qué cosas debemos sentir culpa y por cuáles no?

Sonrisa de Gato nos deja, como toda novela que se precie de valor, más preguntas que respuestas.

Terminado el relato, cerrada la cuestión inmediata de las consecuencias del asalto a un camión de valores, finalizado el aspecto pragmático de la narración, lo que continúa, lo que da verdadera fuerza a la novela, es el aspecto emocional y psíquico de sus personajes: una vez transpuesto el aspecto plástico, la forma inmediata que permite hacer inteligible cualquier historia; una vez que hemos superado el aspecto argumental y nos adentramos en el alma de la novela, ese aspecto metafísico que tan caro resulta al lenguaje superar, encontramos la esencia de la propuesta: detrás de los actos, detrás de la cultura del hampa reflejada en cada página, detrás de la violencia que termina en carnicería de hotel, siempre hay seres humanos y, por lo tanto, siempre hay causas y siempre hay motivos.

Y para el que piense que ya he revelado demasiada información sobre la novela, le aviso que no hay nada menos cierto, pues, precisamente, esa virtud de la que hablo, ese gran acierto de Moch, es que la novela en sí es un punto de partida.

Tal vez por eso el fragmentado estilo de narrar, la consabida influencia cinematográfica del montaje en la literatura, el arte de robar a la linealidad su base conceptual para depositarla en otra parte, en la construcción de otros destinos y otros sujetos. Tal vez por eso es que percibimos a los personajes, más que como actores en acción, como espíritus en reflexión, más como torbellino interno que como ráfaga de balas, aunque estas abunden a lo largo de la historia.

Sacerdotes en ardiente pecado carnal, amas de casa orilladas a la más descarada de las extorsiones, agentes judiciales no encargados precisamente de verificar el cumplimiento de la ley, exmilitares formando parte de guerrillas, asaltantes malencarados pero amables cuando se requiere, políticos corruptos pero con responsabilidad de padre de familia, caciques de la sierra, mujeres regalando su amor a despiadados mercenarios, fantasmas… todos ellos desfile de curiosidades en Sonrisa de Gato, curiosidad que surge no del mote extravagante, sino de la intensa dualidad, el fragoroso instante en que se discierne frente al crucero de oportunidades.

Ahora, llegados a este punto, cabe regresar a una pregunta ya formulada: ¿es o no es Sonrisa de Gato una novela negra?

La propuesta de su presentador es que sí, en efecto, Sonrisa de Gato posee elementos propios de la novela negra, aunque no llega a emularla por completo.

En su paralelo encuentra el elemento de reacción, la denuncia de una carencia o exceso vivido al interior de una sociedad, personificado esta vez por aquel conocido de siempre, el muy cercano para nosotros: político corrupto.

Dice Jorge Moch, en entrevista para Milenio, que “la atmósfera de descomposición social en la que vivimos ha permitido el resurgimiento de este género (el negro)…”.

Dicho clima descompuesto, avivado el fuego con escándalos y demás noticias de tan políticas casi ya de nota roja, alimenta el fuego de nuestros escritores hasta llevarlos a los senderos de la dramatización sin concesiones, el realismo extremo y su franco desembocamiento en lo que en México se conoce como literatura del “ampa”, por asignarle un nombre de acuerdo a la región.

Mientras que en Estados Unidos la novela criminal, del ampa, negra o como quiera llamársele, fincaba sus bases en la lucha por el poder, el dinero y las mujeres sin más ni más, en Latinoamérica, en México en esta ocasión, la estructura no parte de algo tan simple, sino de la relación que resulta de ese abuso de poder y los más desprotegidos, las víctimas.

En ese punto se ubica Sonrisa de Gato y si menciono que, en mi opinión, no es al cien por ciento una novela negra, es porque me parece que se ubica, no sin tropiezos, un paso adelante, más allá del móvil argumental para tornarse trascendente.

Finalmente, es importante mencionar el papel que todo escritor debe desempeñar al interior de una sociedad, principalmente como vigía, retratista y reportero de su tiempo y espacio, denunciando desde las injusticias cometidas a su pueblo, hasta la falta de imaginación en el mismo. Se pueden mencionar cientos de problemas que merecen denunciarse: corrupción, abusos, crimen, muertes por violencia… inclusive la literatura, un problema como cualquier otro que engendra gran cantidad de vagos y revoltosos en todos los rincones del país.



APUNTES VIEJOS PARA AACI


El 2006 se termina y deja en el aire su olor a humo y a viaje catártico. No ha sido fácil su inicio y, ya para terminar, duras pruebas tocan a la puerta. De cualquier forma, no importa que sea Diciembre y que sean precisamente estas fechas las que se escojan para retomar proyectos atrasados.
Aquí, en Los Mochis, en Sinaloa, tierra de nadie para los insípidos chilangos, han ocurrido cambios que más bien se antojan espejismos. Fuera de que la ciudad se inunda cada día más de tiendas OXXO y nos plantan incontables sucursales gringas de hamburgueserías, nada cambia.
Emergo Zinnema, un cine club alternativo y rotativo en la ciudad, terminó con Moviola Final Cut, concurso de cortometrajes organizado a manos juntas entre un servidor y La Maga, con satisfactorio éxito, y es hora que el ganador no cumple su promesa de subirlo al YouTube.
El verano científico comenzó y terminó y ahora sí creo que, después de todas las investigaciones y lecturas, Cronenbereg me debe un doctorado Honoris Causa.
Significante imaginario, un proyecto que adqurió su nombre no porque seamos unos mamones presuntuosos sino por urgencia capital, fue propuesto y aprobado en Octubre de este año y en eso es que ocupo casi todo mi cerebro. La idea de escribir, producir, dirigir y postproducir 4 cortometrajes en 5 meses es, por lo menos para mí, un poco inquietante. Esperamos tener todo listo para empezar la producción de los 2 primeros cortos las primeras semanas de Enero y ahora sí, a darle duro todo el año.
Por lo demás, no es que haya cosas importantes que contar a los emigrados de nuestra pequeña ciudad, Dumbland para algunos, pero tal vez una pequeña lista de nimiedades sirva para darse alguna idea:
>> Aldo Rodríguez, músico y compositor de melodías electroacústicas, a mi parecer el mejor invitado a esta pasada Feria de las Artes 2006 por su energía, creatividad e innovación; fue abucheado.
>> Estrella Virgen, quien ha realizado aproximadamente 3 cambios de residencia en lo que va de este año (en esta ciudad, y tan sólo a una cuadra de distancia una residencia de la otra, y así las 3), por motivos de trabajo quizá no visite Tabasco.
>> Roberto se ha decidido por la pintura, y ahora no tiene un sólo pantalón o camisa limpia que ponerse. Ya no usa pantuflas.
>> Julio César, tan amargamente apaleado por diversas mujeres todo este tiempo, y a pesar de que ya está perdiendo el cabello, por fin tiene novia.
>> Macario, después de interminables problemas y complicaciones, por fin comienza con RadioVisión y le deseo toda la suerte, aunque siempre haya mantenido una pésima higiene personal.
>> La Feria del Libro Los Mochis 2006 dejó un buen sabor de boca. Ignacio Padilla, Felipe Montes, Jorge Moch, Eduardo Antonio Parra, Cristina Rivera Garza, Heriberto Yépez, Álvaro Enrigue, entre otros, fueron los asistentes. Como recomendación, se anotaría que ya no es interesante el discurso queDavid Toscana (parece ser que el mismo camino han tomado sus libros) nos planta cada vez que viene; y que, si piensa presentarse pedo, Juan Gelman debería tomar algunas clases de dicción, pues de algunos de los poemas que "leyó" no nos quedó otra idea que el sonido del agua cuando se va por el retrete.
>> Alfonso Orejel, que recién recibe el premio Inés Arredondo de narrativa, editará otro libro para niños.
>> La Maga sigue con insomnio por las noches, y todo por las películas de terror que nos recetamos.
>> Scarlett Johansson es tan sólo un año mayor que yo.
>> Descubrí que, cuando haces amigos raperos, te llega a gustar el Rap.
>> A pesar de mis resistencias, leí a Stephen King.
>> Blockbuster regresó a los martes de 15 pesos.
Por lo pronto, el año se termina pero para mí estos días son el inicio de un proyecto que va en serio y, ojalá, señor AACI, que estas líneas lo regresen por algunos segundos a nuestras tierras baldías y a los cafés que están pendientes, a las pláticas de películas y a esos antros macuarros que tanto le gustaba visitar.
Libro: Hipotermia, de Álvaro Enrigue.
Película: El laberinto del Fauno, de Guillermo del Toro.
Música: Heavy Metal Me, DVD de Boris.

 
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