marzo 08, 2007

ASK THE DUST


Para Charles Buckowsky, que debe estar retorciéndose en la tumba (y que tanto gustaba de ASK THE DUST)

Si bien Juan Rulfo hablaba de fuego entre las letras, James "Thunder" Early clamaba por su Soul y Jackson Pollock promovía las virtudes creativas de su Action Painting, no nos cabe duda, hoy día, de que el fuego, intensidad y espontaneidad de una obra de arte, la que sea, puede reducirse al envase acartonado de un litro de leche.
El mismo Arturo Bandini, después de permanecer con los bolsillos y el estómago vacíos durante varios días, accede, por petición de su vecino Hellfrick, a robar unas cuantas botellas de leche del camión repartidor mientras aquel distrae a su ocupante. Cuál sería su sorpresa al descubrir, después de dar un gran trago directo del envase y escupirlo con iguales ganas, que no es precisamente leche, sino una especia de suero con sabor a leche, lo que contienen las botellas. Leche rebajada, agua con polvo saborizante, una imitación, una mala copia.
La escena anterior, perteneciente a la más reciente adaptación cinematográfica de ASK THE DUST, de John Fante, funciona como metáfora del efecto que tiene la cinta sobre los espectadores que, aunque minoría, esperábamos con ansias esta adaptación al cine de la más célebre novela del escritor Trash por excelencia. La esperábamos, aunque con ansias, también con un poco de recelo, pues las pistas ya venían cayendo del gastado saco y las migajas no conducían, precisamente, a un lugar iluminado. Su paso por las carteleras fue discreto y no hubo resonancia en el público o la crítica.
En ASK THE DUST (Robert Towne, 2006), no nos enfrentamos al dilema normativo de establecer una distancia entre la obra original y su posterior adaptación, es decir, entre una novela y su película. La secuencia de los créditos iniciales nos deja ver, sobre un buró, a media luz, un ejemplar de ASK THE DUST, mismo que, una vez abierto por una mano que, podemos deducir, es la del propio Bandini, nos deja penetrar en el universo de una novela sobre una ciudad (Los Angeles), un periodo de tiempo determinado (la depresión económica posguerra de los Estados Unidos), y unos jóvenes personajes hambrientos de oportunidades.
Arturo Bandini (Colin Farell, mal como casi siempre) es un jóven italo-americano con deseos de convertirse en un célebre escritor, publicar la más emocionante e intensa historia de amor que hayan conocido las letras inglesas y redimir su deseo de amar al hombre, a las bestias y a todo lo que le rodee, siempre y cuando ese todo tenga el cabello rubio, los ojos azules y una silueta esbelta de piel cremosa. Para esto, Bandini abandona su originario Colorado y se desplaza a Los Angeles, ciudad que, por lo menos en su imaginario, le ofrece todo lo que necesita.
Hospedado en una pensión que apenas puede pagar, sin trabajo, sin inspiración y sin dejar de presumir la única publicación de un trabajo suyo que poseé (un ejemplar llamado “El perrito rió” en el que, sobra decir, no hay ningún perro involucrado), Bandini consume sus días y recicla las colillas aplastadas en el cenicero; hasta que, cierto día, conoce a una joven mexicana (Salma Hayek) que trabaja como mesera en un café que acostumbra visitar. Sus encuentros con la jóven, de nombre Camilla, no serán los más afortunados a partir de entonces pues, si bien él ha sido víctima de la discriminación que un apellido italiano provoca en una sociedad tan cerrada como la americana de mediados del siglo XX, él tampoco tiene el camino fácil al aceptar lo que siente por aquella mujer morena, bajita y que, en vez de zapatillas, calza huaraches.
Sus desventuras con Vera Rivkin (Idina Menzel), una mujer marcada por atroces cicatricez y a quien ayuda a redimir frustraciones ya de antaño; la correspondencia sostenida con Richard Mencken sobre la publicación de sus relatos en un conocido fanzine, y el extraño triángulo amoroso que sostiene junto a Camilla y al extraño barman del café, Sammy, completan la travesía de Bandini por un mundo no tan fantástico como la novela que desea escribir; acumulando, en vista de su carencia, experiencias que llenen, uno a uno, los capítulos de un libro que tarde o temprano habrá de rodar por el desierto.
Claro que se agradece a Robert Towne su aportación en Chinatown (Polanski, 1974), el haber dado un respiro de aire fresco al film noir cuando más lo necesitaba. El detalle está en que, si bien su intención era darle vida a una historia ambientada, igualmente, en los años cincuenta, debía prestar más atención a la intención del libro y no a generar un contexto, o, por lo menos, no en el sentido en que lo ha hecho, privilegiando el lucimiento de su diseño de producción en vez de la situación socio-cultural imperante.
ASK THE DUST, en la versión que de ella hizo Towne, se estanca en la historia de amor que da pie a la creación de una novela, y no permite la circulación de la historia en su aspecto más importante: la creación, ante todo, como vehículo de redención, la energía y el coraje de un joven escritor dispuesto a luchar contra los cánones estéticos y personales en el momento menos adecuado, el fuego que con letras grabó Fante en toda una generación y que, ni siquiera a nivel de dirección, logra desafiar su director. Towne se queda corto al emular una voz narrativa poderosa con una dirección bastante perezosa, se regodea en pasajes que transforma en pura cursilería (la escena en que Bandini y Camilla nadan en el mar), y apuesta, lamentablemente, todo el peso de su película a una pareja protagonista bastante deslucida (aunque muchos puedan sentir feo, Salma Hayek es lo peor de la película).
En fin, ASK THE DUST cierra su camino como una obra superficial y malograda, tanto a nivel argumental como técnico: ni su historia de amor, una vez hecha la reducción imparcial, funciona por inverosímil y acartonada; ni su intento por recrear Los Angeles de los cincuenta, todo como filme para la televisión, deja de ser pobre en su intento de fastuosidad.
Un acartonado bote de leche. Leche de imitación.

¿FACTOTUM? ¿Alguien dijo FACTOTUM? Habrá que esperar.

 
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